La ofrenda del altar de muertos

Susana Ortega

Relatos llenos de Magia.

Esta mañana recordaba que, justamente un año atrás, ascendía la colina del Tor para celebrar Samhain. La profundidad con que se siente Samhain en Glastonbury solo es comparable a la quietud interna que siento en Yule en el mismo lugar. Con esta sensación de nostalgia salí a dar un paseo cerca de mi hogar, pues este otoño me ha «regalado» una apendicitis que me ha obligado a parar. ¿Puede ser verdaderamente un regalo una apendicitis? Realmente no; vivirla es una porra, pero sí me ha «obligado» a parar, aquietarme y observar; a reorganizar, limpiar y sintonizarme, algo que mi Ser me pedía desde hacía tiempo.

Altar de Muertos-Invernadero en Madrid Rio

El sol acariciaba mi rostro; su luz daba profundidad a lo que encontraba a mi paso y a mis pensamientos. Me adentré en Madrid Río y me acordé de que ayer mi amiga Lola me había hablado del altar de muertos que había hecho aquí la Casa de México. Carambola del destino, cuya sincronía siempre se ajusta a la necesidad personal. Sin apenas gente, entré en el invernadero donde el altar se había articulado según la concepción mexica del universo, a través de cuatro rumbos y un centro.

Un cartel indicaba que los cuatro rumbos representaban las fuerzas que ordenan el mundo y se vinculan con colores, elementos, seres sagrados y árboles cósmicos, concebidos como ejes que articulan el universo.

Esta disposición invitaba a recorrer el lugar de forma reflexiva (obviamente, tras unas primeras fotos, pues lo de parar del todo todavía no lo tengo muy interiorizado) y, según lo recorría, cada cara del altar me inspiró para re-configurar la estructura de mi propio universo.

El Este, el lugar de la luz

El rumbo del origen cósmico, el nacimiento del tiempo y el despertar del conocimiento humano.

Las velas del altar sirven para iluminar el camino de ida y vuelta de las almas que regresan. Imaginé que estas velas iluminaban un sendero por el que mis antepasados llegaban a sentarse conmigo en este invernadero, contemplando el altar. Y comencé a soñar.

Así, en su presencia, soñé qué traer a mi mundo físico, y me di cuenta de que me gustaría replantearme muchas cosas en mi vida. Y soñé con viajes. ¡Con viajar a México! ¡Cómo me gustaría vivir allí el Día de Muertos!

Altar de muertos

El Sur, el lugar de las espinas

El rumbo donde el esfuerzo fecunda la tierra para dar paso a la vida y a la abundancia.

Leí el significado de este rumbo y me llevó a reflexionar sobre la cultura del esfuerzo. ¿Realmente es necesario sufrir para tener abundancia? Volví mi mirada al altar y observé el agua que calma la sed del visitante tras su recorrido. Y relacioné esta agua con las lágrimas con las que pasamos el duelo, y cómo el duelo se puede vivir desde el encuentro, como en este altar: como una celebración de la vida, aunque hablemos de muerte. Es tiempo de cambiar el foco de muchas cosas en mi vida, me apunté como deberes.

El Oeste, el lugar de las mujeres

El rumbo del descanso, el atardecer y el regreso al útero de la tierra. Las mujeres, la madurez, el atardecer, la recolección y el cobijo.

Me fijé en las flores de cempasúchil, que representan la tierra y guían el camino de los muertos con sus fragancias y colores. Pensé en las semillas, que también son tierra; observé el pan de muerto y las bebidas del altar. Todo para el que viene: alimento físico para el alma que regresa. Mi mente me llevó hasta el arroz con leche de mi abuela. Lo cocinaré, pensé. La sentí a mi lado y, fortalecida por su presencia, recorrí con ella mi año y agradecí todo lo sucedido, sintiendo que había hecho muchos cambios, aunque mi ser me pidiera todavía más.

El Norte, el lugar hacia la región de los muertos

El rumbo hacia la oscuridad, el descanso, la introspección y la transformación necesaria para la renovación.

Detalle del altar

No había aromas; me imaginé entonces el copal. Contemplé el papel colorido naranja que, al moverse, avisa de que las almas llegan a disfrutar de su ofrenda. «El papel picado representa el soplo vital, la vitalidad y la alegría de esta festividad», se leía en el cartel. Observé mi cuerpo recuperándose de la cirugía. A veces es necesario un periodo de descanso para ver las cosas de otra manera, para renovarse por completo, para vivir la vida tal como la había imaginado. Es tiempo de soltar más lastre para seguir volando.

El aroma de México se me ha colado en las entrañas; me gusta ver la vida desde el disfrute. Distintos mundos, distintos ritos, formas diferentes de sentir lo sagrado y de inspirar la existencia de quienes caminamos por la tierra.

Regresé a casa lentamente y continué reflexionando: es momento de parar y esbozar con tranquilidad la vida que quiero vivir, sintiendo cada minuto como sagrado. ¡Todo un regalo!

Con Amor y Magia

©Susana Ortega

Si estás en Madrid, puedes celebrar el Día de Muertos visitando alguno de los altares que la Fundación de Casa de México en España ha instalado en la ciudad. ‍

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